¡Tímbrame, tímbrame!

yan1Aun en mi Cuba a varios ciudadanos les queda la resaca mañanera tras dormir con la idea de saberse dueño de un teléfono  celular con todas las de la ley. Una “necesidad” muy a la moda, y  diseñada para asustar la economía de unos cuantos que veían como un acto puramente  ESPECULATIVO el hecho de sacar el aparatico en público, por allá por 2008.

Hoy tal parece que cualquiera tiene en el bolsillo un “bichito electrónico” de esos- como  en los 90 los japoneses con el Tamagotchi-,  capaz de hacerte localizar en cualquier lugar bendecido por la añorada cobertura.

26693-fotografia-mPero no confundir tenencia del telefonito inalámbrico con su línea en activo, con nivel de uso del mismo para efectuar llamadas; sería como tergiversar la nomenclatura del cuero del chicharrón con  la composición muscular de la carne de puerco. Sin embargo miles de cubanos hemos hallado una forma de comunicarnos vía móvil sin usar palabra alguna.

No, no me refiero a los SMS, y mucho menos a  otras  facilidades de la conexión al “obsceno” Internet. Nuestro modus operandi tiene un carácter mucho más ahorrativo  y encriptado. En mi país una porción elevadísima de usuarios de ETECSA, nos hemos afiliado a la modalidad de “Dame un timbre” que intentaré describir a continuación para los foráneos.

celular-nuevastecnologiasNadie puede calcular cuántas ideas se difunden entre “nacionales” con un solo timbrazo; alternativa a la criminal tarifa del servicio celular, que solo afloja a partir de las once de la noche y en la madrugada de este pedazo de tierra caribeña.

El hecho de que te suene el cell puede significar que: “te están saludando; se acuerdan de ti; que tengas en cuenta el recado a tu mamá;  no te olvides del viaje; que ya llegó el timbrador al lugar indicado; que hay alguien con móvil nuevo que quiere que lo registres aunque no sepas quién es…” En fin, que el solo hecho de que te suene el teléfono puede adquirir cientos de matices e informaciones.

379-TALK00-CUBA-LATIN-CTJ.embedded.prod_affiliate.84Y no son pocos quienes previo acuerdo resuelven todos sus problemas por esta vía de ver quién cuelga más rápido.

“Fulano, recuerda que cuando te timbre es que me fui”.“Mami, no te preocupes, si no hay cola en la tienda te timbro, y vienes”. “Viste te timbré para que te acordaras del cumpleaños de mengano…” Y así sucesivamente.

Los timbres hay que decodificarlos en un juego de “¿Y ahora qué quiere este?”. Mas, ni se te ocurra coger una llamada al no ser que sea insistente el emisor, o que repita la acción en señal de no tener problemas con el dinero en el móvil.

cell-pressEl botoncito verde de aceptar la llamada entrante debe ser vigilado con normas de seguridad y pensártelo bien. Pero el reflejo condicionado de los cubanos es apretar el rojo, y consultar el saldo en caso de la aparición de *99 en la pantalla.

Claro, la política de la Timbrología es endémica de los menos favorecidos por las recargas del contingente FE (Familiares en el Exterior).

Les dejo. Ya no escribo más. Alguien me quema el celular…luego les cuento. Ahora necesito un fijo, estoy flojo con el saldo.19397994-personaje-de-dibujos-animados-orange-se-ejecuta-con-un-tel-fono-inteligente-fondo-blanco

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Publicado el enero 18, 2014 en Mis tiros a gol en crónicas. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Parece mentira que hagas este post cuando cada vez que te mando un sms no me timbras. Shame on you!!!

  2. Yanet Lago Lemus

    Esta fue una respuesta que di a un comentario sobre los celulares:

    Yo tampoco tengo celular. Fue la respuesta que inmediatamente se dibujó en mi inconsciente cuando leí el comentario del colega Mandy en la sección del 25 de octubre en El Balcón del Humor del Periódico 26. La historia de mi amigo se me antojaba un retrato de mi experiencia en el asunto. Y es que también me he encontrado en situaciones difíciles por no contar con esa tecnología, ¿de moda?
    Hace un buen tiempo empezó mi rechazo total a la nueva “tendencia móvil”. Y tampoco habito la región de las cavernas (a pesar de no contar con ninguna alternativa de comunicación, ni siquiera la más fija y convencional). Sucedió desde que escuché a un joven de 20 años pregonar con urgencia varios artículos personales, contar menudo a menudo varios salarios, recolectar el día de su cumpleaños dinero en vez de objetos y esperar desesperado la próxima promoción de 30 por 30 para ser –al fin- orgulloso propietario de una línea.
    La preocupación se tornó color angustia poco tiempo después, cuando a las puertas del curso escolar un grupo de nuevo ingreso a la Universidad debatía sobre la “necesidad” de poseer un celular. Uno de ellos apretaba sus recursos para comprar por la calle al menos uno de baja calidad, que en definitiva sería su carta de presentación en la institución de altos estudios. Al parecer, la aceptación en un grupo, ante los profesores y la comunidad letrada, se debatía entre la tenencia o no del equipito, de preferencia táctil.
    Hace apenas unas semanas formaba parte de una animada conversación entre varias amigas. Mis opiniones eran de importancia como las suyas, mientras abordábamos temas generales. De pronto salió de la nada una palabra casi mágica: tono.
    No se bien si mi constitución física se desvaneció, pero en un instante me volví invisible para mis interlocutoras, quienes en acto de duelo analógico inmediatamente desenfundaron sus dispositivos táctiles y comenzaron a prodigarse soniditos y números. No me quedó más remedio que girar mi silla ante la todopoderosa atracción que la tecnología ejercía sobre sus personalidades.
    Mi rechazo hoy es contundente. Y es que no entiendo cómo una madre soltera con dos pequeños invierte el fruto de su capacidad mercantil extraoficial en la manutención de una línea. No concibo que un salario común, el plato fuerte de una mesa, la prenda de vestir o los zapatos inminentes para el trabajo o la escuela, un paseo en familia, la visita prometida a la abuela en otra provincia, las premuras materiales de una sociedad en perfeccionamiento como la nuestra, sean desplazados por el sustento a un celular.
    No encuentro saludable la versión playboy que admiran las más jovencitas, preferentemente con el estuchito anexado al costado del pantalón. O la línea que se “desusa” con llamadas perdidas de significados, pero en definitiva omnipresente a la hora de sostener una amistad. No solo adquieres una nueva actitud ante la vida, como asegura Mandy, cambia la planificación, la ambición personal, la postura ante el prójimo que pregonan las más saludables leyes ancestrales.
    No voy a decir como mi amigo que no quiero un celular. Ojalá la tecnología y los recursos materiales mañana no sean motivo de diferencias cívicas y la posesión de un móvil no signifique el esfuerzo desmedido de algunos por encajar en la sociedad. Entonces podríamos comentar Mandy y yo nuestros trabajos vía telefonía móvil, sin comprometer en ello el escaso salario. Pero lo más importante, no es que no quiera un celular, es en definitiva que no quiero ser representada por uno.

  3. Lei tu post, te acabo de timbrar, 😀

Dispara a puerta tú también

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