¿Y qué fue del buchito?

“Fide, ¿te acuerdas del buchito?”

María Antonieta Colunga

imagesCuando prendo la sintonía del diálogo con Tunie, alias María Antonieta (para las formalidades del periódico Adelante), no le puedo andar con la crónica del último partido del Barça. Hablamos de cosas metratrancozas, o simplemente nos pegamos una tanda de: “¿Qué ha sido de la vida de fulanito y menganito?” Los fiñes con quienes compartimos matrícula de prescolar hasta el sexto grado.

Y en medio de tanta infantilonería nos acordamos del Buchito. Ja. Aquel enjuague bucal obligatorio al que éramos sometidos mensualmente los niños que habitábamos en las escuelas primarias cubanas por los años 90. Creo que aun preservo el sabor de ese mejunje mata caries en mi boca.

Entraba la enfermera al aula. Parecía un asalto de esos que le hacen en las películas a los bancos de Chicago; solo que en lugar de expresar la auxiliar médica: “ ¡Manos arriba!”, cambiaba la expresión por : “¡Bocas abiertas!.” Sí, era el turno del Buchito, un líquido confeccionado a base de ingredientes no identificados.

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Los pomos eran almacenados a temperatura ambiente en algún lugar por los bajos de la enfermería, invadido por cucarachas

Especulábamos, a juzgar por su sabor, que el Buchito provenía de una fusión de saliva de la tía del comedor con agua de la presa del patio de la escuela. Y que los pomos eran almacenados a temperatura ambiente en algún lugar por los bajos de la enfermería, invadido por cucarachas. Nos imaginábamos tantas teorías que posiblemente hubiésemos merecido algún Nobel de Química.

Ver a la enfermera en la puerta daba paso a una revuelta. “Ñoooo, el buchito otra vez;” “Y eso quién lo inventó”; “Ya yo probé, no me gusta”; “¿Eso es obliga ‘o?” Resultaban algunas de las citas más comunes.
A otros sí les cuadraba el enjuague bucal, incluso en su monguería se lo llegaban a tragar. Pero la gran mayoría se ponía a pintar monerías a la hora de presentarse el médico envase en mano. Lo agitaba como si se tratase de algún batido de mamey pálido, insípido y gratis.

“A ver, ¿quieres ir después al dentista? Esto es para curarte lo dientes.” Nos decía la responsable de los servicios sanitarios, a lo que le ripostábamos: “Ah, pero si yo tengo mis muelas limpias.” Igual, el Buchito iba porque así estaba legislado. No registré jamás el nombre científico del Buchito. Debió ser Buchitol para su comercialización. Claro, hubiese estado por estibas en las farmacias, en merma por su pobre circulación.

La única parte interesante de la operación era a la hora de botar aquella cosa. Salíamos corriendo al pasillo. Para robarle unos minutos a las clases, demorábamos una eternidad en escupir aquello. La profe se quejaba, especialmente con los varoncitos. A esa hora hasta queríamos ir al baño para seguir floreando.

He aquí la historia del buchito. Hoy desconozco cómo se las ingenian los de Salud Pública para preservar los dientes de los infantes en buen estado. Creo que ya sacaron de las tiendas a la pasta Perla. Tampoco podemos importar Colgate. No hay que exagerar. Larga vida entonces al Buchito. Un producto que figura en el Salón de la Fama de la Historia de los Desincrustantes y Dentífricos Estomatológicos.

Y recuerde, si usted se lo topa por ahí, manténgalo lejos del alcance de los niños.imayyges

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Publicado el septiembre 2, 2014 en Uncategorized y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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