Memoria D´Colección

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Sopita Maggie

Regada en los blogs de algunos homólogos anda fragmentada parte de la leyenda de las Colecciones. Lejos entonces quedó mi estudio de la génesis del fenómeno, enmarcado en la era Periodoespecialesca. Pero a mí me queda mucho por decir al respecto, porque fui niñito cubano de la última década del siglo que ya dejamos atrás.

Las colecciones. ¡Que bárbaro! La gente las tiene de todo tipo: pájaros e insectos disecados, sellos, libros, monedas, huesos, aparatos sexuales raros, bonsáis, radios, tecnología vieja de IBM, cartas de navegación, hasta manuscritos falsos del Papa… qué sé yo. Existen cientos de fetichismos al respecto. Sin embargo nada, nada podría compararse con la espectacularidad de las colecciones de papelitos, sobrecitos y etiquetas de mercancías que teníamos los infantes cubanos de hace 20 años.

Les explico. Una Colección, teóricamente hablando, no es más que aquella cantidad de basura almacenada en soporte de libros o libretas, y que prendida por presillas, los chiquilines antillanos llamábamos Álbum. La recopilación funcionaba como un pasatiempo con valor de uso, cambio, y podía inclusive traernos algún capital.

La colección significaba un asunto de los más serios. Te daba prestigio, farándula- el término no estaba en explotación por entonces-. Por ejemplo, si un acopio lucía rimbombantes marcas comerciales, el chico o la chica- la práctica no tenía distinción de sexos- podía sentirse una especie de administrador de los depósitos de Paris Hilton.

Se le prestaba más atención a las colecciones que al cuaderno del Mundo en que vivimos de segundo grado.
Uno empezaba las primeras páginas por los jabones, las sopitas y los caramelitos. Cada envoltura había sido buscada en el mismo fondo de la ballena. A ratos me mandaba al Hotel Camagüey, en el área dólar, o me escabullía en su mini vertedero colindante.

026_nestleLe preguntaba a mi abuela, a la vecina o a la enfermera del policlínico por los “vestigios” de cualquier producto. Palmolive, Lux, Maggie, Rexona, Nestle resultaban una constante. Llegué al punto de exhibir unas cajitas pequeñas del ibuprofeno Tylenol. Se valía cualquier cosa.
También los foráneos refresquitos Caricia conformaban cualquier colección que se respetase. Sería un delito no mencionar los envases de cartón de seriales pa´ saborizar a los yogurts que hoy veo en los comerciales para bebés.

Las etiquetas de pulovers y pantalones igual eran codiciadas. En una ocasión le desprendí a un jean de mi papá una pedazo de cuero con el Lee grabado. Emocionante. Los Zingaro , Levi´s , al igual que el cocodrilito de Chemise Lacoste, resultaban escandalosas piezas para los coleccionistas.

Para los fines de semana parecía que habían prendido las pantallas de Wall Street para un concurso infantil; algo así como The Colletion´s Voz Kid. La bolsa de valores de Nueva York nos quedaba chiquita en medio de los famosos intercambios.

¡Que show! Siempre sobresalían quienes tenían FE –Familiares en el Exterior- con Álbumes de verdad, no libreticas sin forrar como la mía. Conservo las imágenes de mis vecinitos de ascendencia española, Tito y Nestico. Podían especular de su colección con conocimiento de causa pues los refresquitos, galleticas y caramelitos “refrendados” en su muestra habían sido consumidos por ellos mismo, así que nadie les podía hacer un cuento sobre la calidad del producto.

Uno debía prender los cinco sentidos publicitarios a la hora del “Si me das esto te doy lo otro”. Un paso en falso y podías perder una pieza preciosa. En ocasiones nos caíamos a mentira con tal conseguir un sobrecito ajeno.
Así pasé la fiebre de las colecciones. Luego, entre los sueños de convertirme en un gran pelotero y la acción escurridiza de guayabitas y cucarachas, perdí mis más valiosos archivos de las memorias del subdesarrollo.

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Publicado el octubre 6, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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