Los hombres sí lloran

8912607-Hombre-llorando-con-las-manos-en-su-rostro-en-tristeza-Foto-de-archivoHace 557 siglos en una caverna, cerca del estrecho de Gibraltar, a un hombre de cromañón se le desprendían del área del campo visual un raro flujo, muestra de su dolor e impotencia. No había podido retener bajo su jurisdicción a la presa que iba a servir de alimento a su prole; ya no iba a poder pintar en la pared, con aquel material parecido al marbellíne moderno para pestañas de jevitas, su imagen de cazador victorioso. De repente, entró la mujer cromañona y se percató. Algo andaba mal. La escena quedaría para la historia como el día en que la Némesis del sexo femenino descubrió que los hombres también lloran.
En pleno enero de 2016, tras Guerras mundiales, conflictos en el Golfo pérsico, caídas del precio del petróleo y medallas despojadas por el uso del doping en Juegos olímpicos, habitan homos sapiens hechos y derechos que no conciben las lágrimas en los rostros masculinos. Los niños con padres de estos súper machistas son los que más lo sufren: “¡Oye, déjate de flojeras, los hombres no lloran; esa no es herida pa´ gallo fino!”

A ver, no pretendo que la mantequilla sea el estado de agregación de los varoncitos, pero tampoco soy partidario de esa crueldad prohibitiva, porque las lágrimas no son siempre sinónimo de debilidad de ningún ser humano.

Yo a la verdad no soy llorón, por el contrario. Tengo el dique medio seco, y hasta me he creído que padezco de alguna anormalidad lacrimógena. Pero sí que he llorado; y no se me ocurriría indicarle a mi chama -cuando le dé la gana de formarse en mis escrotos- que no lo haga si lo siente, porque las lágrimas están, y para algo hay que usarlas ¿no?

Las variantes emocionales, pactadas por los sentimientos afectivos, dictan que se llora principalmente por tres causas -a no ser que piques una cebolla o tengas un problema ocular-: alegría, impotencia o dolor. Esta última la más común. En ningún sitio he leído que son privativas de los géneros, mucho menos de la orientación sexual. Incluso, si alguien naciera sin órgano reproductor también le fuera asignada su cuota de navegación en Lagribite.

De regreso al caso particular de los hombres; algunos lloran más que cualquier hembrita. Habría que ver la cara de Donald Trump si perdiera las elecciones ante un descendiente de azteca emigrado, o la de Muamar Gadafi cuando le torturaron, o la de Víctor Mesa cuando la Isla de la Juventud le eliminó en la Serie Nacional de Béisbol pasada. Y nadie pondría en tela de juicio la virilidad de estos personajes.

Es como un estereotipo maldito, ese que condena a los hombres a no llorar, al menos con afluencia de público. Pero los hombres somos tan vulnerables como las mujeres al lloriqueo ese. Claro, ahora va a saltar el lector ese ojo de palo, cinturón de vaquero de rodeo, que dirá que no. Y el tipo a lo mejor es una Magadalena cada vez que tiene que ir al aeropuerto a buscar al hijo radicado lejos de suelo patrio.

Dicen que el hombre de cromañón de hace 557 siglos por allá por el estrecho de Gibraltar, le hizo jurar a su esposa que no le contaría a nadie de la tribu lo visto, y ella en acto enérgico y viril tras golpearlo fuertemente en la mejilla le gritó en dialecto marroquí al muy agita´o ese: “¡Arranca y dale, consigue otra liebre! ¡No tenemos que jamar. Coge la rocolanza y recuerda que los hombres no lloran!”

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Publicado el enero 15, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Me encantó!!!!!!

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