Esguince

25151977_1626579300734846_5927640487906231579_nLa única condición inexorable para escribir, según Hemingway, es tener precisamente historias que escribir.
Razón le sobra. El talentoso viejo que lo hacía de pie, en horas que supuestamente los seres normales dedicamos al sueño, estuvo en guerras civiles en Europa, corrió delante de toros desaforados, cazó leones, recibió disparos en su anatomía, pescaba grandes agujas, paseaba en el Pilar, y era espiado descaradamente por el FBI. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?
Yo, que del talento del americano de barba blanca, estoy a años luz, pues también tengo historias que narrar: me hice un esguince.
Por Dios, ¡qué emoción! Recién veía embobecido un documental sobre la flexibilidad de las articulaciones humanas capaces de soportar grandes cargas. Orgulloso me vacilaba codos, rodillas, y tobillos. Pero no pasaba de eso, un documental para desafortunados que sufrieran lesiones semi-tontas.
Ahora en la última semana lo único que me queda es buscar el origen epistemológico de esguince, que me suena francés, como si quisiera decir Jamón Inflado, porque es ese el reflejo del asunto cada vez que miro el tobillo derecho.
La gente me mira con piedad, y todos te parecen médicos en una consulta a los que tengo que responder con cara de agradecido por la preocupación. Por dentro llevas el encojonamiento, la impotencia de sentirte vulnerable al cruzar la calle.
“Pero no puedes andar caminando” “¿Y no te mandaron un yeso?” “!Uyyy, estás inflamado!” ¿En serio? Porque el esguince te pone expresión de certificado médico cada vez que pisas. Todo a tu alrededor parece una enorme farmacia repleta de Naproxeno y Metrocarbamol. Una parte de tu cuerpo se amomia vendada tras los efectos de disímiles efectos caseros con cebo de carnero caliente envuelto en anisón.
Almaceno el video de la acción. Corrido home primera, softbol. Técnica exquisita a la hora de pisar la almohadilla que tenía pinta de ser la utilizada por los mambises cubanos cuando aprendían los encantos del béisbol en el monte. La pierna siguió su curso, el tobillo le puso oposición, mientras el propietario daba vueltas en el aire. Le doy play al asunto una y otra vez, incrédulo, aferrado a un posible diálogo con Cronos.
Amén de las posibles secuelas, y la búsqueda de algún dispositivo textil que me ayude en el futuro a acomodar el pie, el esguince tiene sus luces: he subido 2 kilos de peso, y ahora escribo más tonterías desde casa. Además pude soportar la gala de premiaciones completas del Balón de Oro, con el Show de Cristi, y Florentino engañando a la gente en francés. Todo no es malo.
Mi debut esguinciano es digno de subirse en YouTube, y crear una clínica si me lo comentase Rodrigo Álvarez Cambra. A la espera de mi pronta recuperación, solo me queda de esta. Hacer reposo, y mirarle las caras a lo de casa, y a los viejitos que me acompañan en la fisioterapia del área de rehabilitación. A ellos le voy a llevar una hoja y un lápiz, seguro también tienen su historia que escribir. ¡Sufre Hemingway!

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Publicado el diciembre 27, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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