‘Esnuíto en pelota

Cuando Edipo tocó a mi puerta

Hasexualidadbía pasado un lustro desde la Guerra del Golfo Pérsico y en la barriada de Molotov un grupo de adolescente se reunía pa’ hablar de sexualidad. Ahí, haciéndole coro, babeados de ilusiones, estábamos nosotros, los desesperanzados.

Porque en circunstancias de apagones , avalados por la caída del muro de Berlín, ellos, los grandes, repletos de egocentrismos en sus discursos de mentiras y exageraciones, hablaban de experiencia sexuales distantes en el tiempo y espacio para Luisi,Sandito, Silvio, y para mí. Mientras ello pasaba, en la cima del Everest caribeño de mi reparto de construcciones Girón, se me congelaban el alma y los escrotos.

Y, ¿ustedes? ¿No lo han hecho? ¡Apúrense porque vienen los americanos!” Esos fueron mis primeros pasos para descubrir que el amor, alias relaciones sexuales, es la Guerra misma. Pero desconocía su metodología. Cuando estábamos en la escuela primaria lo que se valía era el Sí o No.  de respuesta ante la invitación al intercambio de flujos bacterianos. Pero era la Guerra. Así como la llegaría a interpretar yo si me hubiesen lanzado cinco años atrás en la extinta Yugoslavia.

Conmigo no valía mucho eso del Complejo de Edipo. Lo mío en sí llegó con esas reuniones clandestinas, en pleno apagón repartero, y donde uno que otro habrá salido con pegotes entre las piernas, a juzgar por la intensidad con que contaba sus peripecias Piri.

Piri, se llamaba Osvaldo, y tenía 16 primaveras, las últimas 3 de ellas alimentadas por las vivencias en los albergues y naranjales de Sola 11. Estaba el recinto escolar, ubicado en la norteña Sierra de Cubitas donde todo era rojo soviético como el pasto, su césped, las papas y la menstruación. Y era el colegio, ejemplar entre las de su tipo del Sistema de Escuelas de la Enseñaza de Preuniversitario, dedicado a las labores productivas de la agricultura.

El caso es que Piri lideraba los criterios de la mayoría por su supuesta experiencia en el caso. Fue ese panorama mi primera guía de estudios y futuras masturbaciones. Aún no sabía de la existencia del condón pero entendía que en el porvenir me pasaría algo sensacional cuando supuestamente hiciera lo que explicaba aquel teacher casi imberbe. “

Apúrense, que ahí vienen los yanquis!”, repetía con insistencia para que guardáramos en nuestro subconsciente prostatal. Y ¿qué se suponía que hiciera, si ni siquiera Liubis que tenía las mejores tallas de sostenes de todo el 4to B, que ya hoy es médico con par de misiones internacionalistas, se dejaba besar?

Pues yo, ya yo sí lo hice. ¡Allá estos!” Decía, y al unísono, miraba con desdén al resto de mis contemporáneos, compatriotas de la lujuria infantil. Ellos, lo más excitante que habían tenido era algún que otro capítulo de Los Papaloteros. Años después corroboraría que le estaba mintiendo a mi propio órgano reproductor, que me ripostaba al instante: “¡mentiroso”!, por aquella expresión desvergonzada.

Del resto de la clase técnico-educativa se encargaría otra de mis vecinas, adolescente igual que Osvaldo. No revelaré el nombre porque ahora tiene el Nauta-Hogar y es capaz que esta confesión le llegue cuando se conecte a la Wifi.

Pues bien, ella que jamás participó en los mítines nocturnos pioneriles, tenía siempre la genial idea de sonsacarme con alguna que otra iniciativa. “Ven, que mi madre hizo remolacha ( me engañaba, era rábano al final, y me dejaba la lengua picante al consumirlo) y así comes acá”. Víctima de las trampas, un día me hizo gloriosa rata de su laboratorio sexual.

Siempre recordaba, por las clases de Piri, que aquello que debía yo probar, tenía más bien forma vertical. Su entrada suponía la gloria. Pero a los efectos del grupo, tras mi declaración de poder, ya yo lo sabía. Así que lo presentado por mi concubina cederista no debería asustarme. Y tras el término de la comida, hubo otra vez apagón.

Pero su tía había conseguido un método de alumbrase con queroseno y así, con aquel insipiente panel fotovoltaico, me llevó al cuarto. Nunca supe qué hacer. “No, es por aquí”. Me sugería mientras señalaba con su dedo la zona. Y sabía que era aquello, la pieza carnal en cuestión. Ya la maestra en clases me había enseñado esa misma semana la diferencia entre lo horizontal y lo vertical. Aquello era así, vertical. Nunca supe utilizarlo. Pero ni violado me sentí.

Al otro día, volví corriendo a lo de Piri y su mesa redonda en el parque. Para repasar, desde lo teórico, claro.

Publicado el noviembre 30, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Dispara a puerta tú también

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: