¡Oee, oee, oee, el jean, el jean!

Pantallazo-2020-02-19 09-55-11Si hay una pieza textil que la cultura de la moda occidental de los dos últimos siglos debería beatificar, esa es el jean. ¿Motivos? Muchos, requetemuchos, así que vamos a echarle un vistazo sintético a la jean-historiografía pa´ vestirnos de largo.
El Big Bang de la cosa en sí empieza con una bronquilla por patentizar su originalidad. El grupo disonante va de alemanes, franceses, italianos; eso sin contar que el índigo, uno de los colorantes más antiguos que tiñó al jean, es autóctono de China… y la India. Podríamos decir entonces que el jean desde su nacimiento propiamente visto, y la ONU tienen elementos análogos. ¡Mira tú!
Antes de expandirse por el cuerpo de manifestantes, portadores de slogans contra la guerra de Vietnam y a favor de la libertad sexual, mucho antes, por allá por 1850, pues la dupla de Levi Strauss y Jacob Davis hicieron el pan con eso de la fiebre del oro, los mineros, el ferrocarril y demás en Estados Unidos. Se convirtieron en sastres preferidos por aquella fuerza laboral en San Francisco, que poco tiempo atrás era de México.
Tanto dio negocio el asunto, que para inicios de la centuria del XX, Levi Strauss & Co-Lee-Wrangler, completarían el primer Big-Three; aunque ya para 1926 los primeros gestores no estarían con vida. Sin embargo sus prendas fueron un boom tal, que de acuerdo a la estudiosa del tema Susana Sualquin, se convirtieron en:
“Símbolo de la sociedad industrial como prenda emblemática de la sociedad industrial, el jean llega en la actualidad al máximo de su poder, al imponerse en casi todo el mundo a partir de la cultura de masas, ya que reúne en sí mismo todos los requisitos que determinan su éxito”.
Y no es para menos. Venga, que los ha habido de todo tipo, precios, y colores. Además con tanto guiño de Hollywood…
En lo personal, encantado. También le cuadró a Marlon Brando, y a otros tantos un tin más populares que yo.
Yo le noto, desde que le descubrí en pleno periodo especial con aquello del “Zingaro”, (le perdí el rastro a la marca tiempo después) un apego significativo como prenda de pueblo. Abarca cada uno de los segmentos sociales; empero y como plantean varios teóricos, diversos estilos de vida se reflejan a través de las marcas, que señalan diferencias simbólicas.
Un artículo de hace tres décadas atrás del sabio en la materia, Néstor García Canclini, explica que “en sociedades que se pretenden democráticas, basadas por lo tanto en la premisa de que los hombres nacen iguales (sin superioridad en sangre ni nobleza) el consumo es el área fundamental para construir y comunicar las diferencias sociales. Ante la masificación de la mayoría de bienes generados por la modernidad, las diferencias se producen cada vez más, no por los objetos que poseen, sino por la forma que se los utiliza”.
En tanto Umberto Eco, en su Psicología del vestiré, cap. El hábito hace al monje, nos cuenta que “(…) el objeto pierde hasta tal punto su funcionalidad física y adquiere hasta tal punto valor comunicativo, que se convierte ante todo en signo y sigue siendo objeto solo en segunda instancia. La moda es uno de los casos”.
A los cubanos la prenda nos ha venido como anillo al dedo, digo, a la cintura. Resuelve en caso de vestimenta laboral, festiva, o extracurricular. Tanto es así que pantalón en el argot meramente comercial, tras pasar por la línea aduanera, es casi siempre sinónimo de jean. Porque es el que resuelve, el que más nos dura. Independientemente del precio, a juzgar por la metra-tranca de las marcas, de más está decir.
En este país gusta el jean por transiti-necesidad. Hemos pasado por el efecto de diversos modelos, desde los campanas y patas de elefantes, hasta los desprovistos de telas, repletos de huecos y roturas, o llenos de parches. Es tan variada la oferta en cuestión de diseño que alcanza para todos. Ello lo sabe todo aquel importador de Rusia, Panamá, Nicaragua o Islas Fiji.
Nuestra futura Industria Nacional del Jean (INJ, según siglas que están por crear) no podría competir con la panorámica de un país como Argentina. En el cono sur para 1997 la manufactura jeanera era conformada por mil empresas, proveedora de unas 1600 marcas. ¡Madre mía! Si importáramos desde allá res y jean, cuán felices fuéramos en este archipiélago.
En fin, que a pesar de los patrones culturales impuestos, amenazadores de nuestra identidad cultural; entiéndase sepultureros de la guayabera en Cuba, o del Huipil en Guatemala, el jean tiene y tendrá un espacio privilegiado en nuestro closet.
Llegó para quedarse, lo idolatramos y lo lavamos con cariño, porque nos cuesta desprendernos de él y su amor, un amor que sirve para cubrirnos todo, desde la celulitis hasta la depresión muscular.
1-Susana Sualquin, La moda en la Argentina, Emecè, 1990, p 131.
2- Néstor García Canclini, Revista Diálogos, El consumo sirve para pensar, Perú, 1991.
3- Umberto Eco, Psicología del vestiré, cap. El hábito hace al monje, editorial Lumen, Barcelona, 1976.

Publicado el febrero 19, 2020 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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