Periodismo en tiempos de pandemia

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Hemingway le confesó en entrevista a Geroge Plimpton, para The Paris Review que: “Rescribí el final de Adiós a las armas, la última página, treinta y nueve veces antes de sentirme satisfecho”.

Cuando termine esta cuartilla tampoco voy a estar satisfecho con mi papel ante la pandemia; aunque a mí el talento de Ernest me queda distante, pero tengo las mismas ganas de que todo concluya con lo mejor de lo peor.

Repleto de frustración ante los índices de propagación estoy. Siento que puedo hacer mucho más aunque no sea del equipo de investigadores de BioCubaFarma; luego me calmo. Veo historias como la que inunda las redes sociales sobre Marta Sánchez.

Le han bastado 94 años para burlarse del SARS-CoV-2. Hoy vuelve a sonreírle a su familia gracias a los muchos esfuerzos de los galenos de este inmenso país. La vivencia la relata un colega, así que me siento representado.

La noble anciana volverá a ver la Liga española de fútbol. “Yo me levanto cada día, desayuno y me siento frente al televisor a ver fútbol. ¡Yo soy de Messi” , así le dijo al portal digital de Juventud Rebelde; mientras su nieto, que es tecladista de Síntesis , y que de seguro le puso velas a algún santo yoruba, le enviaba un mensaje vía Facebook al futbolista argentino: “Messi ojalá puedas ver esto.(…) Che, mándale un video, ¿sí?

Cuando pasen algunas décadas la humanidad toda va a tener mucho por contar. Presidentes ineptos, muertes en ataúdes sin destino , cruceros varados con enfermos moribundos, navíos con más suerte que el arca de Noé, hombres y mujeres valientes, barriles de petróleos baratos, patentes, acusaciones, fake news, cuarentenas y toques de queda, teatros cerrados, uso de mascarillas sanitarias, y de sustancias desinfectantes.

El periodismo, que a veces parece ser la memoria de los pueblos, nos permite agarrarnos de esas historias hasta la eternidad. Algunos relatos, lejos de lo meramente literario, y a veces con héroes anónimos, podrán emular con Adiós a las armas.

Pero el Gabo se equivocaba: no es este el mejor oficio del mundo. Porque veo a los de la brigada médica cubana Henry Revee, y escucho a mis padres y a mis vecinos aplaudir pasada las nueve de la noche, y se me apaga la fogata del orgullo.

La invasión de la envidia me rompe. Porque si estuviese ahora mismo en Lombardía, o en Nueva York quisiera liderar el cargamento de utensilios médicos, y salvar al nonagenario que ruega por su vida. Grazie, Cuba. Grazie, cubani. Siete grandi”, así resuena desde los balcones en tierras italianas.

Que de contarlo se encargue otro. Yo también quiero que se me aplaudan porque estoy a expensas del riesgo.

Pero me tocó otra cosa y debo conformarme con eso: con contar historias… y con el nasobuco, y con decirles que debemos quedar vivos para nuestros hijos.

Ojalá cuando todo termine siga la vida con el hueco de la capa de ozono más pequeño; y que sean más los médicos, y más periodistas los que cuenten hazañas y proezas.

Publicado el abril 3, 2020 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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